Las horas Canónicas

por | noviembre 26, 2021

Mi curiosidad sobre las horas canónicas nació con las novelas de Ellis Peters, y su gran personaje fray Cadfael[1], monje benedictino de la abadía de San Pedro y San Pablo en Shewsbury (Inglaterra). Nuestro fraile es el herbolario del monasterio a la vez que cada poco, tiene que resolver complicados crímenes. Las aventuras de nuestro monje tienen lugar en el siglo XII (en medio de las luchas dinásticas que se iniciaron a la muerte de Enrique I), el día en estas novelas esta dividido en horas canónicas.

Luego llega el maestro: Umberto Eco en su inolvidable El nombre de la rosa y siguiendo la licencia literaria que se toma con el manuscrito de Adso de Melk, organiza la novela en sietes grandes capítulos que se corresponden con la duración de la trama. Cada uno de los siete días lo divide a su vez en las correspondientes horas canónicas (también llamadas litúrgicas).

Para tratar este tema, y saber lo que eran la horas canónicas, sigo el artículo de José Tomas Cabot publicado hace años en la Revista Historia y Vida: La ardua aventura de medir el tiempo que a parte de otras propuestas sumamente interesantes, encontramos un apartado no menos interesante dedicado a esta forma de dividir el dia. También encuentro información en las páginas que a este asunto dedica Eduardo Aznar Vallejo en su libro Vivir en la Edad Media.[2]

Las horas canónicas eran las que los monjes dedicaban al rezo y se anunciaban con toques de campana desde iglesias y monasterios principalmente benedictinos. Durante algunos siglos, fue ésta la única división cronológica del día en la Europa cristiana.

El sentido religioso de la vida que inspiraba casi todas las actividades del hombre medieval hizo extensivo la adopción de las horas canónicas, que regían no sólo la vida de los conventos y monasterios, sino también la vida del campo e incluso de muchas ciudades.

El instrumento que avisaba de las distintas horas era la campana, generalmente de abadías y monasterios, pero también desde la pequeña iglesia de pueblo hasta las distintas iglesias de las villas y las ciudades. La campana, también avisaba de peligros y situaciones extraordinarias.

Las horas canónicas, en términos generales y sin tener en cuenta latitud y las estaciones, eran las siguientes:

  • PRIMA: Al salir el sol. En primavera-verano lo que ahora son las seis de la mañana. Naturalmente en invierno se prolongaba a las siete o más.
  • TERCIA: Hacia la nueve de la mañana.
  • SEXTA: Al mediodía.
  • NONA: Hacia las tres de la tarde.
  • VÍSPERAS: Al ponerse el sol (varía naturalmente en el ciclo invierno-verano).
  • COMPLETAS: Hacia las nueve de la noche, antes de acostarse.
  • NOCTURNAS: A media noche.
  • MAITINES: En las primeras horas del nuevo día. Entre las dos y las tres.
  • LAUDES: De madrugada, antes del alba. Entre las cinco y las seis de la mañana.

Las gentes de la Edad Media se levantaban pronto, generalmente antes de que saliera el sol, ya que el trabajo empezaba con el alba. Antes de comenzar la labor, era preciso vestirse, lavarse, oír misa o rezar las oraciones. Esto lo hacían entre laudes y prima.

Dado que el primer alimento del día solía retrasarse, ya que las algunas prácticas religiosas exigían estar en ayunas, en la tercia, tenía lugar el desayuno, primera de las tres “teóricas” comidas del día.

La comida más copiosa se tomaba entre las sexta y la nona. Seguía una pausa para el descanso, para a continuación reanudar las actividades que duraban hasta la puesta del sol, es decir, hasta vísperas.

La cena se realizaba entre vísperas y completas. Estas gentes de la Edad Media se acostaban pronto. Los medios de iluminación (velas de cera, sebo o pez, lámparas de aceite) eran caros y sobre todo peligrosos por su potencial para provocar incendios. Además, la noche era un momento inquietante, lleno de peligros naturales y sobrenaturales que llamaban al recogimiento.

Las horas canónigas, eran pues, seis (nueve en los monasterios) momentos determinados, que iban desde la salida del sol hasta el principio de la noche y estaban determinados entre sí por un intervalo de tres horas. El resto de la noche, desde completas hasta la salida del sol, quedaba reservado al sueño, salvo en los monasterios que rompen el descanso con nocturnas, maitines y laúdes para completar los rezos diarios.

Para medir el tiempo y marcar el paso de las horas al toque de las campanas, se utilizaban algunos instrumentos. Principalmente el reloj de sol. Y su variación el reloj de misa, que tenía sus variaciones adaptadas a las horas litúrgicas. El reloj de misa era propio de iglesias conventos y monasterios siempre colocado en su fachada meridional. Este tipo relojes tenía sus limitaciones, un día nublado anulaba sus mediciones. Así que no era extraño el uso de otros aparatos como relojes de agua o de candela.

Reloj de sol en la capilla del Cristo del Camino en la Jorcada (Llanes-Asturias).

A partir del siglo XIV se van generalizando los relojes mecánicos, que marcaban un horario fijo tan necesario para el desarrollo de las incipientes actividades mercantiles de las nacientes ciudades. Este tipo de relojes se fueron instalando rápidamente, (tenían sonido de campana) en las torres de los ayuntamientos y en alguna que otra iglesia, marcando poco a poco otra cadencia de pasar el día.

La división de la jornada diaria en horas litúrgicas permanece hoy en día en algunos monasterios pero regulada perfectamente y adaptada a la latitud y a las estaciones de cada lugar.

  1. Las novelas de Ellis Peters están publicadas en español por la editorial Grijalbo.
  2. El artículo al que hacemos referencia se publicó en el número 114 del mes de setiembre de 1977 correspondiente a la citada revista. El libro vivir en la Edad Media, esta publicado en la colección Cuadernos de Historia de la Editorial: Arco Libros.